Cuando idolatramos el poder, un nuevo comentario en METANOIA

El poder no es algo malo en sí mismo ni debe ser demonizado. El poder forma parte de nuestra cotidianeidad y es necesario ejercerlo para cosas tan sencillas como organizar la familia, un centro de estudiantes, una asamblea de la iglesia hasta cosas más complejas como ministerios públicos, la gestión de grandes empresas y toda la estructura estatal de nuestra sociedad moderna. El problema, más bien, radica en cuando alguien con cierto poder se sale de sus atribuciones y termina ejerciendo represión, opresión y tiranía.

Existe una inseguridad básica y esencial que habita el corazón de todo ser humano: en lo más profundo de nuestro corazón, de maneras inconscientes muchas veces, sabemos que somos esencialmente débiles, dependientes e incapaces de “hacernos a nosotros mismos”.

¿Qué lleva a que, aparentemente, gran parte de las personas con poder lo terminen usando para beneficiarse a sí mismas y la consecuencia, consciente o no, termine siendo la opresión a los más débiles y la tiranía? La explicación está en la idolatría de nuestros corazones. El poder en sí mismo termina siendo abrazado de corazón como la razón última de la existencia, como aquello que le da propósito y sentido nuestras vidas; en otras palabras, el poder termina siendo visto como un dios. Sentirnos seres poderosos o, incluso, todopoderosos es una distorsión tan evidente de la realidad que puede causarnos las más terribles frustraciones, amarguras y decepciones. ¿Acaso depende de nosotros decidir el lugar, la época y la familia en que nacemos? ¿Es una decisión totalmente nuestra las oportunidades que se nos presentan en la vida y que nos permiten progresar u obtener éxitos? El hombre o la mujer que idolatra el poder tiende a olvidar que él no se hizo a sí mismo, sino que su Creador, el Único Dios Todopoderoso, fue quién le dio todo lo que tiene y le puede también quitar todo lo que le dio.

Existe una inseguridad básica y esencial que habita el corazón de todo ser humano: en lo más profundo de nuestro corazón, de maneras inconscientes muchas veces, sabemos que somos esencialmente débiles, dependientes e incapaces de “hacernos a nosotros mismos”. Esto es así porque en nuestro pecado hemos proclamado nuestra independencia de Dios, hemos buscado nuestra propia autonomía ilusoria, pecando así contra Dios y tarde o temprano descubrimos que somos seres absolutamente dependientes (del agua, del aire y de tantas otras cosas) y caemos en la cuenta que somos completamente vulnerables en nuestro íntimo. Así que el poder sobre otros, sea el de un gran multimillonario dueño de grandes empresas o una alta ejecutiva de una multinacional, sea el de un político que ocupa un alto cargo de confianza o el de una empleada pública que tiene a sólo 2 ó 3 personas bajo su mando o el simple poder de un hombre sobre su esposa en una cultura machista y misógina; en fin, el poder, en cualquiera de sus grados o manifestaciones, puede parecer al corazón idólatra la respuesta a esa inseguridad y puede parecernos lo único que nos dará, al fin, la felicidad.
Pero esa inseguridad esencial no puede ser llenada con el poder ni con ninguna otra cosa que no sea la entrega de corazón, la fe plena en el amor que Dios mostró por nosotros en la cruz de Cristo, en el Calvario, dándolo todo, derramando cada gota de sangre para decirnos vehementemente: “yo te amo y te acepto. No necesitas manipular ni controlar a las circunstancias ni a las personas para demostrar tu valor. Yo soy tu Creador, tu Padre y tu Señor y te digo hoy: tu vida tiene valor porque te amo con amor eterno y di mi Hijo por ti para perdonar todos tus pecados”.
¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte? Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con preciosa sangre por todos mis pecados, y me guarda de tal manera que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un solo cabello de mi cabeza puede caer antes es necesario que todas las cosas sirvan para mi salvación. Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante según su santa voluntad”. (Pregunta y respuesta nº 1 del Catecismo de Heidelberg; 1563)
Jonathan Muñoz V. Pastor asesor, Metanoia.

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